An. Mota

Soy An. De Jesús Perales Mota, autor literario de ficción y entusiasta de la vida.
OBRAS:

Una fantasía postapocalíptica de esperanza insólita.
Un día, el ojo del apocalipsis apareció en el cielo y el mundo acabó en tres parpadeos. Ahora la tierra está cubierta de eidolos, seres inmortales que no descansan hasta conseguir lo que quieren, mientras que la humanidad es relegada a pequeños parches de realidad estable en medio de este nuevo y desconocido mundo.Un siglo y medio después de que el polvo se asentara, un profesor, quien es también un eidólogo, se embarca en la insólita misión de aprender más de estos misteriosos seres. Su suerte da un brinco inesperado cuando en medio del desconocido, encuentra (o es encontrado por) un eidolo en forma de ángel, quien le ofrece su ayuda a cambio de una promesa: Que encuentre la forma de matarlo.
Esperanza Insólita
La esperanza insólita es un genero que se basa en el reconocer lo extraño y oscuro que puede llegar a ser el mundo y decidir tener esperanza a pesar de esto. Nace del concepto en inglés de “Weird hope”, y para su servidor, An. Mota, a sido una piedra angular en la forma en como percibe su entorno.Una planta que atraviesa el pavimento es esperanza insólita.Un abrazo cuando se ha perdido todo lo que se tenía que perder es esperanza insólita.El abrazar la clara desesperanza, es esperanza insólita.Y espero poder trasmitir esto con mis pequeños escritos.
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Prólogo
Todos estuvieron convencidos de que el mundo iba a acabarse.
Y lo hizo, tres veces.Primero con un estruendo.
Después con un silencio.
Y finalmente, con aceptación.Y entre las ruinas surgió el nuevo mundo.

Capítulo 1: Te veo
En los límites del mundo conocido caminó un hombre. Era un eidólogo, el cual también era un profesor. En lugar de quedarse en la seguridad de su hogar, atravesaba estos límites para dirigirse hacia el Desconocido, el lugar de donde la gente no regresa. El pensamiento de ir hacia este lugar de perdición había llegado a su cabeza muchas veces, pero que solo hoy se había decidido. Era su deber como eidólogo.Había salido a buscar algo grandioso. Escuchó el aleteo de las aves levantándose por encima de él y elevó su mano, observando la luna anillada en el firmamento. Era siempre sorprendente poder verla aun cuando los últimos rayos de sol seguían en el cielo. En el Desconocido, el cielo siempre tenía un tono misterioso, los cálidos naranjas se reflejaban en la vegetación espinosa y en la sombra que su cuerpo sin rumbo plantaba en el suelo.Caminando entre la vegetación, observó los colmillos que salían de las flores que crecían en la senda, así como manos que brotaban de la tierra y se acercaban sigilosamente a su piel. Rocas que flotaban y se contorsionaban en figuras imposibles le acompañaban entre las subidas y bajadas del pedregoso camino. A la lejanía, dentro del inhóspito Desconocido, podía ver uno de los cerros muertos, montañas que lucían como los restos de gigantes. El Profesor podía observarlos respirar, la nariz del gigante enterrado inhalando y exhalando. Su corazón latía con fuerza caminando por ese lugar, sonriendo alegremente ante estas visiones. Pero por más asombroso que fuera todo esto, nada parecía ser lo suficientemente excepcional como para justificar su incursión. Tenía que adentrarse aún más.El Profesor sacó su libreta y anotó cada punto de interés que recolectaba al momento de explorar más allá de la frontera de Saltote, para no perder el camino de regreso hacía este pueblo. El antiguo pueblo de Saltote, tras ciento cincuenta años del parpadeo, sobrevivió innumerables pruebas y ahora era un oasis de armonía entre el mar de horrores donde el mundo estaba sumergido. Con sus cristalinas aguas de los ríos benditos que corrían por el pueblo y el fresco aroma de las verduras en el mercado por las tardes, aroma con el que el Profesor se cruzó al momento de emprender su viaje. Echaba de menos ya estas fragancias, aún más recordando que en su mochila solo llevaba conservas y agua. Aún si pudiera decirse que era más practico viajar con lo mínimo para sobrevivir dos noches (o tres si era necesario), esta era solo una de las muestras de su pobre preparación. Carecía de medicamentos o algo más que un saco de dormir, pues confiaba, quizá demasiado, en el Desconocido.Se acomodó el saco al momento de guardar su libreta y entrecerró los ojos cubriéndose de una fortuita ráfaga de viento. Se arregló el oscuro cabello, del cual resaltaba un mechón blanco que le había acompañado desde su nacimiento, hacía aproximadamente tres décadas. Se quitó los lentes por un momento para masajear sus ojos cansados. Había cierta duda en su mirada. Observó al cerro, y el cerro le devolvió la mirada, con una oscura esfera protuberante que parecía salir de una grieta. Esa entidad percibía su presencia y avisaba a todo el Desconocido que un intruso se encontraba entre ellos. El crepúsculo estaba por llegar, el Desconocido empezaría a oscurecer. Él más que nadie sabía el peligro que esto implicaba, aun con su preparación.El Profesor puso una mano sobre su pecho, tocó el bolo oscuro de su corbata y respiró profundamente antes de seguir avanzando. Caminó con seguridad entre las crecientes sombras, en busca de miradas a la distancia y de sonidos extraños. Tan expectante estuvo de encontrarse con algo, que su atención no le hizo darse cuenta de lo que se encontraba delante de él. Una cornisa.Su pie no halló más suelo que pisar y el cuerpo del Profesor empezó a caer por una empinada ladera repleta de espinosos arbustos secos. Calló a través de las espinas, raspando su rostro y sus brazos, sintiendo las picaduras en sus piernas y en su espalda mientras caía hasta dar con suelo firme. Salió de los matorrales espinosos que dolorosamente amortiguaron su descenso. El dolor se expandió por todo su cuerpo, pero su corazón siguió latiendo. Mientras lo hiciera, él estaría bien. Sus lentes también sobrevivieron la caída, pero como el resto de sus pertenencias, se encontraban en el suelo y eran solo visibles por una tenue luz que apenas llegaba a alumbrar la depresión.Al ponerse los lentes, sus ojos se expandieron al observar el lugar en el que cayó. Se encontró con un enorme árbol de huizache en el centro de lo que parecía ser un cráter rodeado de estos matorrales espinosos. Las ramas oscurecían su alrededor, pero las flores amarillas lo iluminaban al caer lentamente. Se sentía como estar en la presencia de un pequeño santuario. El lugar donde podría descansar en paz.Se acercó al huizache y se recostó en el tronco cruzando sus piernas y cerrando los ojos. Dejando que el dolor y el miedo pasaran por su mente, dejando que la llama de su corazón se alimentara de cada pequeño y hermoso pedazo de existencia que le rodeaba, manteniéndole vivo y a salvo en este oscuro lugar.Pudo sentir un tenue aroma. Un bello olor a vainilla, seguido de un fuerte estruendo, como el crujir de cientos de huesos rotos de un solo tajo. Algo había abierto un camino entre los matorrales, y el culpable se encontraba en frente de él, observándole.Era un eidolo.El Profesor sintió que sus ojos se derretirían si se atrevía a posar su mirada mucho tiempo en su figura. Era muy similar a un humano, su cabello rubio cobrizo caía suavemente sobre sus hombros, con flecos elevándose con alegría. El resplandor en su cabello brillaba opacamente por la luz que provenía del halo sobre él. Su clara piel lucía cálida y viva. El dorso de su nariz parecía enmarcar sus ojos.Sus ojos. Sus ojos. Entre más se acercaba, más claro podía verlos. Profundos y oscuros ojos almendrados. La oscuridad que provenía de ellos le hizo sentir un terror primitivo, como si supiera que un día todo el mundo sería consumido por ellos. Y encontró esto cautivador.Su noble rostro le hizo sentir como un animal salvaje en comparación. El rostro del eidolo parecía un busto andrógino, esculpido para capturar una dulce juventud y una madura sabiduría. Poseía una vestimenta simple, una blanca y prístina camisa que contrastaba con la corbata colgando como una soga suelta bajo su cuello y un par de tirantes de un color tan profundo como el de sus botas.Esta visión era demasiado resplandeciente para él, fue como si sus pulmones estuvieran a punto de abandonar su cuerpo y junto a su mente corrieran el riesgo de explotar en cualquier momento. Lo vio acercarse más a él y pudo apreciarlo en su totalidad. Desde su espalda se extendía un par de alas, imposiblemente blancas, terroríficamente bellas.Eso era.
Era horrorosamente hermoso.El eidolo le veía con una expresión en blanco. Se agachó y le observo fijamente. Los ojos del Profesor parecían brillar, resaltando el color ámbar de sus pupilas. Mas allá de este detalle, lucía como cualquier otro humano para este ser. El eidolo elevó su mano, sosteniendo el dedo índice con el pulgar y en un rápido movimiento, le dio un ligero golpe en la frente.—¡Auch! —exclamo el Profesor, tocándose la cabeza—. ¿Por qué fue eso?
Escuchar al humano hablar hizo que el eidolo diera un paso hacia atrás, elevando sus cejas y respondiendo.
—¿Puedes verme? —La voz del eidolo era suave, clara e inesperada.
Fue la primera vez que el Profesor entendió las palabras de un eidolo.
—Claro que puedo verte. Y tú puedes hablar.
—Y tú puedes escucharme —dijo el eidolo, entrecerrando sus ojos—. ¿Qué eres?Atónito frente a este descubrimiento, el Profesor parpadeó sin decir nada.
—No hagas como si no me escucharas ahora. Respóndeme. —El eidolo frunció el ceño y acercó aún más su rostro.
—¡Ah! Disculpa, mi nombre es…
—No, no —El eidolo puso una mano sobre la cabeza del Profesor, interrumpiéndole—. No tu nombre, pregunté que eres.
—Un… ¿Humano?
El eidolo exhalo.
—Ya sé que eres un humano, zopenco. Me refiero a qué “haces”, cuál es tu “función” entre otros humanos.
—¡Oh! Soy un Profesor. —Fue lo primero que llegó a su mente. Después acomodó su saco con dignidad—. Y me he instruido ampliamente en la eidología, por lo que soy un eidólogo también.
—Un eidólogo… —Una nueva palabra cuyo significado no era difícil de descifrar: “aquel que estudia seres como yo” pensó el eidolo, ladeando su cabeza y tocando su propia mejilla con uno de sus dedos.—Muy bien Profesor eidólogo, levántate. —Comandó el eidolo.
Las piernas del Profesor se movieron incluso antes de que siquiera pudiera pensar en esto como una orden. Su cuerpo necesitaba hacerle caso a este ser. Se sacudió algunas de las espinas al levantarse, dándose cuenta de que el eidolo era en realidad más bajo que él, apenas llegando a su hombro.Sorprendido por la rapidez de sus acciones, el eidolo sonrió.
—Que educado eres. Ahora vete, si te apuras puede que nada te devore cuando llegue la noche.
El Profesor dio dos pasos, viendo el camino entre las espinas frente a él.
—La abertura entre los matorrales la hiciste tú, ¿no? Es impresionante.
El eidolo cerró los ojos y levantó los hombros con una ligera risa.
—Tsk, eso no es nada. —Abrió un solo ojo—. Deja de perder el tiempo y vete de una vez.
—Pero… no quiero irme —respondió el Profesor.
Aun con la sonrisa en su rostro el eidolo le miró con incredulidad.
—¿Acaso vienes a morir?
—¿Que? ¡No! ¡Para nada! —La pregunta le puso nervioso—. Esta es una prueba de voluntad para mí mismo. Es una proeza que tengo que cumplir.
—¿Por qué?Cuando caminó hacia el Desconocido, en la mente del Profesor había una docena de razones del por qué arriesgar su vida en ese lugar, pero en ese preciso momento, ninguna pareció una respuesta ideal.
—Hay varias razones. Es solo que…
El Profesor alargó la “e” para darse tiempo, mientras acariciaba sus manos entre sí. Esto entretuvo al eidolo.
—¿Solo que “qué”? No eres así de tonto, ¿o sí? —Una sonrisa sarcástica surgió en su rostro—. Sabes lo que estás haciendo, ¿no?Con sus manos a su espalda y agachando ligeramente su cabeza, el eidolo comenzó a caminar alrededor del Profesor, intentando mirarle a los ojos, observando como él trataba de mantenerse firme ante su presencia.
—Viniste a perderte en el desierto, sin un lugar donde dormir.
—Tengo un saco de dormir y un pequeño fuego debería bastar para espantar a los animales. —Se intentó defender, volteando hacia el eidolo por un momento, e inmediatamente mirando hacia adelante otra vez, huyendo de su siniestra sonrisa.
—¿Y no necesitas comer? ¿tomar?
—Traje comida para dos días. Tres si la raciono bien.
—Cuanta honestidad. —Una ligera risa burlona se escapó del eidolo—. Pero tu frágil cuerpo no está preparado para este lugar —dijo risueño, dándole la espalda —. Principalmente porque estas solo, ningún humano sobrevive solo. Aun si eres un experto acampando la soledad llegará a ti y tendrás que volver antes de que empieces a olvidar qué eres. Ese es el peligro de estar aquí. Solo. —Su rostro volteó hacia él Profesor ligeramente—. Pero esto ya lo sabes tú, ¿no?
—Lo sé —respondió el Profesor.
El eidolo dio un pequeño salto, flotando por encima del humano, quien no podía ocultar el asombro en sus ojos.
—Eso y los eidolos, claro. No quieres que se te aparezca alguno. —Afirmó aquel ser flotante—. No estas listo para aquello que te puedes encontrar. ¿Alguna vez has visto antes algo como yo? ¿Escuchado antes de mi existencia?
Respecto a los eidolos, era una gran cantidad de libros los que el Profesor había leídos y una larga cantidad historias las que había escuchado sobre estos asombrosos seres. Pero el que se encontraba enfrente de él no cuadraba con nada antes visto en sus estudios, la imagen más cercana dentro de su mente fue la de…
—Un ángel —dijo—. Eres como un ángel.
—Si. Pensé que dirías eso.
—Pero no lo eres.
—No. Yo diría que no. Soy solo un eidolo que luce como uno, y como tal, es normal sentir miedo ante mí. —Desde el aire, el eidolo le tomó de su camisa—. Dime, Profesor eidólogo, ¿sientes el miedo invadir tu corazón?
Aquel órgano palpitaba con fuerza dentro del Profesor, pero fue totalmente sincero cuando respondió:
—No. No te temo.
—¿Por qué no? —El eidolo acarició el mechón pálido del Profesor—. El miedo que tienen los de tu especie a los eidolos no es injustificado. —Con un suave movimiento de su mano, levantó su cabeza—. Miles de años de evolución, y solo una cosa les ha mantenido vivos hasta ahora. —Dándole unas ligeras palmadas en la mejilla musitó—. Quedarse. En sus. Cuevas.El Profesor volteó su rostro, soltándose de sus suaves garras. Su cuerpo temblaba al ritmo de su corazón y sentía el calor subir a su rostro. Pero calmar sus emociones era una habilidad que había practicado por años. Encaró devuelta al eidolo, enfrentando su juicio con un rostro firme.
—Como eidólogo, estoy consciente del peligro de mi profesión. Es algo que he elegido.
—Oh, que valiente y honorable. —El eidolo le sonrió con un tono sarcástico, soltando su ropa—. Entonces estas consciente de que, si no te encuentras muerto ahora mismo, es porque no quiero que estés muerto ¿verdad?
—Lo se. —respondió el Profesor, y el eidolo tomó su mano.
—Podría incluso… —Levantó un dedo de la mano del Profesor—. Comerte ahora mismo si quiera.
Mientras era sostenido por esas suaves zarpas, su dedo empezó a entrar en la boca abierta de este ser. En un golpe de instinto, el Profesor cerró los dedos, justo antes de que el eidolo cerrara la boca con una mordida. Escuchó su risita burlona al hacer esto.
—Bien, aun tienes tu instinto de supervivencia activo, no estas completamente perdido.
—Se que los eidolos no necesitan comer. A pesar de esto, tus dientes siguen siendo tan reales como los míos. —Si un eidolo estaba a punto de morderle, entonces serias mordido. Ningún nivel de confianza borraría esta realidad.El eidolo descendió frente a él.
—Tienes suerte de que soy muy selectivo. No valdría la pena comerme a alguien como tú. Tienes los ojos de un infante que apenas ha descubierto que el mundo se expande más allá de su patio. A pesar de salir solo al Desconocido, no posees ningún arma y en lugar de huir despavorido de un eidolo, estas aquí hablándome como si pudieras confiar en lo que estoy diciendo.
—¿Por qué no confiaría en ti? —respondió el Profesor con sinceridad.
La sonrisa en el rostro del eidolo desapareció en un momento, arrugando su nariz en molestia.
—¿Cómo puedes preguntar eso?El silencio envolvió el ambiente por un momento. El eidolo volteó su rostro por un momento, y volvió a levantar su sonrisa al momento de mirarle de nuevo.
—Eres un pésimo ser humano. —dijo—. No haces lo que un humano hace. Te asemejas más a un perro, me daría lastima matarte o verte morir, así que lo diré solo una vez más. Vete. No tienes nada que hacer aquí.
El Profesor no le pudo ignorar más. Cualquier razón que hubiera tenido para venir e intentar martirizarse dentro del Desconocido no sonaba más que como una tontería. El eidolo tenía razón. Debía salir de ahí, regresar a su hogar, tomar un baño y seguir con su vida.
—Lo haré —respondió el Profesor, resignado.
El eidolo solo asintió de regreso.Caminando hacia los matorrales espinosos, el Profesor estuvo dispuesto a irse. Pero antes de hacerlo, se dio la vuelta para observar al eidolo una vez más. Sintió como si sus párpados ardieran por dentro y su pecho se fundiera en un líquido ardiente. Tenía una pregunta más dentro de él.
—¿Como te llamas?
—¿Disculpa?
—Pregunté que como te llamas.
—¿Por qué quieres saber eso?
—Siempre me pregunté si los eidolos tenían nombres, y si los tenían, cuáles eran. Nunca creí que podría hablar con uno, pero ahora que puedo hacerlo ¿Cuál es tu nombre?
—Los eidolos no usamos nombres.
—Oh, ya veo. —La decepción en su voz era clara—. Tiene sentido.
—Pero veras, yo soy un pésimo eidolo. Así que recuérdame como Hesse.
—Prometo hacerlo. —Dijo el Profesor, y se retiró.
Los zapatos del Profesor se encontraban sucios y magullados tras el viaje. Él los observaba con la cabeza baja sobre un camino familiar, el camino de vuelta a Saltote.Pasando al lado de la vegetación entre las ruinas de aquella vida antes del parpadeo, con la noche ya en el cielo, un rustico sistema de alumbrado le dio la bienvenida de vuelta al Profesor, iluminando las bellas calles de Saltote. El lejano ladrido de un perro, el chisme entre dos mujeres pasando cerca de él y la risa de un grupo de obreros descansando de su jornada mientras bebían. Un pueblo vivo, como un oasis en medio del Desconocido. Las personas brotaron en aquel árido suelo y lo convirtieron en su hogar, tomando lo que el parpadeo dejó y construyendo sobre él.—Buenas noches —dijo el Profesor, con una mano levantada y una lejana sonrisa.
—Noches. —Unos de los trabajadores le devolvió el amable gesto. Esta interacción sucedió múltiples veces, con las personas que se cruzaban con el Profesor, un ritual para invocar un sentido de comunidad entre todos. Su rostro era conocido, aun si él mismo no era oriundo del lugar.El camino que el Profesor tomó para llegar a su hogar era más largo que de costumbre. No solía desviarse de esa forma, pero después de lo sucedido ese día la emoción dentro de su pecho no parecía desaparecer. Se encontraba inquieto. Estaba atento a la presencia de algún eidolo, cualquiera, no tenía que ser el gran descubrimiento que tuvo en las afueras.En un callejón, el Profesor divisó uno. Un Visor, un eidolo con forma de ojo que flotaba por los aires con la ayuda de unos tentáculos transparentes. Lo encontró levantando una tuerca tirada en el suelo. El Profesor se acercó con seguridad hacia él.
—Buenas noches —saludó—. ¿Me escuchas?
El visor volteó a ver fijamente al Profesor, que era incapaz de esconder la emoción en su rostro y en el movimiento de sus manos.Pero no hubo ningún tipo comunicación. El visor tomó la tuerca y se fue volando sin más sonido que el salpicar de sus tentáculos, dejando solo al Profesor. Por lo menos ahora sabía que no poseía ninguna especie de habilidad especial. Seguía siendo un humano como cualquier otro. Sin resentimiento, volvió a caminar hacia su hogar.En el camino percibió el olor a leña viendo un copal a dos cuadras de él. Guiado por el olor, caminó en su dirección, tratando de pensar en el platillo que servían. No se dio cuenta hasta ese momento de lo hambriento que lo había dejado el viaje. Llegó sin mucho apuro al establecimiento.Una mujer de avanzada edad preparaba la masa de las ultimas gorditas de ese día. Su grueso brazo escondía una fuerza cultivada por décadas y en sus dedos radicaba una incomparable maestría culinaria. El Profesor admiraba a la mujer que le recibía sonriendo.
—¡Buenas Profesor! ¿Cuántas?
—¡Buenas! Tres, si no es mucha molestia —saludó de vuelta con la mano, bajando el pulgar y el meñique.
—‘Orita salen.
—Muchas gracias. —Tomó asiento, dejando su equipaje en la silla aledaña. Solo otras tres personas se encontraban ahí; una mujer con su hijo y un hombre con apariencia tosca, probablemente recogiendo la comida para su familia. No pudo evitar sentir cierta añoranza, hasta que le entregaron su comida en un canasto y se fue.El sonido de los grillos salvajes adornaba la noche junto a las danzantes sombras formadas por el alumbrado. El viento acarició los brazos del Profesor con la frescura de la recién llegada noche. Su hogar estaba cerca.En ese pequeño pueblo dentro del Conocido, en un complejo departamental de cuatro pisos, de los cuales dos estaban ocupados por una enorme buganvilia. En el piso de arriba había un departamento con una modesta cantidad de habitaciones en la espera del Profesor. Pudo verlo a la distancia por las flores moradas de aquel árbol, el verdadero dueño del recinto.Al llegar tocó la puerta de su departamento desde afuera, antes de abrir con sus llaves. Encendió la luz y dejó la canasta en la mesa. La sala se encontraba tan pulcra como cuando se fue; los libros descansando en sus libreros, acomodados con paciencia y cuidados con cariño. Una biblioteca multimedia ordenada con un estricto algoritmo que solo él entendía yacía bajo un reproductor múltiple. El único lugar que carecía de orden era el escritorio donde trabajaba, pero incluso ese pequeño caos tenía sentido para él.Colgó sus llaves y se quitó el saco. Su habitación estaba llena de una misteriosa energía. Un collage de esencias atrapadas en artilugios que el Profesor coleccionaba como un recordatorio de los aspectos que formaban el mundo a su alrededor: cuadros florales, mapas, insectos montados, herramientas de medición, etc.Pero lo que le traía más paz eran los bolos de distintas gemas que reposaban en su peinador. Solía usar una diferente dependiendo del día, del clima, o incluso de la estación. No era lo mismo vestir junto a los cálidos tonos rojizos que a los frescos tonos de verde. Quizás un día en especial, sentía la valentía de usar un juguetón tono amarillo, o un místico y atrevido tono morado. Pensando en eso, se quitó el que llevaba puesto para dejarl0 volver con su familia. Ambos tenían que descansar.Estirándose, el Profesor volteó a la ventana, cubierta por unas cortinas azules.Sus cortinas azules eran parte de una idea que tenía sobre los colores. El Profesor buscó, eligió y colgó esas cortinas específicamente porque quería de alguna forma decir al mundo como se sentía. Aun si ahora, se arrepentía de aquella decisión.No le terminó gustando lo que estas cortinas decían de él. Eran las cortinas de una persona melancólica y triste. Las colgó en un arrebato pasional y ahora solo eran un recuerdo de ese momento, ese pequeño pero profundo periodo en el cual se encontraba, sin lugar a duda, melancólico y triste. No era el mensaje que quería dar a alguna persona que fuese a ver sus cortinas. A diferencia de sus bolos, no eran una pieza que pudiera quitar con tanta facilidad.Pero por otro lado ¿quién sabría que sus cortinas eran azules? Podría decirse sin rastro de duda de que, en todo el mundo, él era la única persona que sabía que sus cortinas eran azules. A sí que; ¿eran azules? Pues claro que lo eran, veía que lo eran. Pero esto solo era real para él. Nadie había visto sus nuevas cortinas más que él.Si fuera a decirle a alguien que sus cortinas eran azules, esa persona tendría que confiar en su palabra, pero no tendría ninguna forma de comprobarlo en el momento, más allá de su fe en el Profesor. Incluso si esa persona confiara en el Profesor al punto de creer ciegamente que sus cortinas eran azules: ¿y si se le olvidaba? Las cortinas dejarían de ser azules, porque esa persona no recordaría de qué color él dijo que eran.Incluso él podría en algún momento olvidar el color de sus cortinas o caer bajo una ilusión o un truco para hacerle creer que son (o no son) azules. Si el Profesor dejara de vivir ahí y olvidara el color de las cortinas en esta habitación, sería lo mismo si esas cortinas y su color nunca hubiesen existido. Podría en cualquier momento mentir y fingir que habían sido verdes, amarillas o (válgame el cielo) ¡Moradas! Las cortinas serian moradas. Y la gente le creería.Ese era el poder de su palabra. Tenía que ser cuidadoso con aquel poder, ser sincero con lo que percibía, a quien se lo contaba y como se lo contaba. O si no el resto de las personas terminarían pensando, erróneamente, que sus cortinas eran moradas, cuando en realidad, eran azules.Azul añil. Ni siquiera le gustaba el color. No pensó mucho en si el color de su habitación quedaría a la par de sus cortinas. El color oscuro de la pared era demasiado parecido al del añil. Uno pensaría que esto les haría combinar, pero en realidad solo parecían un par de amigos demasiado parecidos el uno al otro como para realmente llevarse bien. Necesitaba algo más complementario.Pasó cinco minutos analizando esto, su comida se enfriaba, así que dejó la decisión de qué hacer con sus cortinas para después. Decidió que lo mejor sería cenar en la pequeña mesa en frente de esa misma ventana. Fue por la canasta y volvió. Agarró la rígida tela de las cortinas y las hizo a un lado para dejar entrar el aire fresco a su habitación, junto a la luz de la luna anillada en el cielo. Cerró los ojos para recibir el aire en su rostro con una sonrisa. Y al abrirlos...—¡Boo! —El rostro de Hesse apareció enfrente suyo.
—¡EEAAAGH!
Con el grito, la canasta de gorditas salió volando. Con su pecho alertado por el susto, el Profesor volteó a ver como el viento había traído consigo un ángel. Un pésimo ángel que en realidad era un eidolo, el cual recargó en el marco de su ventana, con una afilada sonrisa, riéndose de él.
—¡Pfft! ¿Haces ese ruido siempre que te asustas? Qué horror. —Flotando en el marco de la ventana, puso las manos en sus mejillas—. ¡Hazlo de nuevo!
El Profesor se encontró petrificado ante esa visión.
—… Hesse.
—Oh, cumples tus promesas —dijo el eidolo en su ventana, etéreamente flotando con la luna a sus espaldas.
—Procuro hacerlo —respondió el Profesor.
—Oye. —Hesse apuntó hacia la canasta de gorditas, una abierta y esparcida en el suelo, totalmente arruinada, una escena desgarradora.
—¡¡EEAAAGH!! —Exclamó el Profesor, tratando de levantarlas.
Hesse se río ante el triste espectáculo, entró a su habitación y sobrevoló encima de él.
—No exageres, seguro podrías comer del suelo con lo limpio que se ve todo —dijo mientras pasaba su dedo sobre el escritorio.No se equivocaba, el Profesor era una persona pulcra. Empezó a rearmar la gordita que cayó al suelo y volteó hacia arriba para ver a Hesse, observándole con ojos felinos. Sintió la vergüenza en su rostro y se acomodó los lentes, sin palabras. Esta no era la forma en como esperaba ser visto por un ser así.
—¿Eres así siempre o es por verme? —preguntó Hesse, acercando su dedo al rostro del Profesor, tocando su nariz y girando alrededor de él.
—No sé a qué te refieres —respondió el Profesor, manteniendo la canasta cerca de su pecho, siguiendo a Hesse con la mirada.
—Si lo sabes —Hesse parecía poder acostarse en el aire—. Pero si no quieres contestar esto, respóndeme lo siguiente.
El Profesor dejó su canasta en la mesa.
—¿Sí?
—¿Sigues viéndome? Te ves nervioso, pero no veo precisamente terror en esos ojos.
—Yo… uuh… —Mil palabras nadaban en la mente del Profesor y ninguna salió a la superficie.
—¿Tu? ¿Aha? ¿Tu, tu, tu, tu? —Hesse tocó los hombros del Profesor con sus dedos—. Vamos, ¿De dónde salen estos nervios? Te veías tan valiente estando a solas en el Desconocido.Antes de poder responder, alguien llamó a la puerta, sacando al Profesor de su trance.
—¡¿Profesor?! —Era una voz femenina y junto a ella más golpes a la puerta.
El Profesor volteó hacía la puerta, después a Hesse, a la puerta de nuevo, y una vez más a Hesse.
—Ve. Solo ten cuidado, no querrás que te atrapen con alguien como yo en tu habitación. —Advirtió, aterrizando junto a él.
—Ya voy —respondió en voz alta y atendió la puerta.
Detrás de ella se encontraba una mujer, cinco años menor que él, con cabello corto y castaño y el uniforme de la guardia, el grupo encargado de resguardar la paz en Saltote.
—¡Profesor! —Aun siendo tan noche, la mujer rebosaba de energía.
—¿Que sucede Elisa? —respondió con tranquilidad.
—Ejem… —Elisa infló el pecho, dando dos pequeños golpes en la medalla en su pecho. El Profesor sonrió. Elisa lo había conseguido hace poco.
—¿Que sucede oficial?
—¡Escuche un grito que provenía de aquí arriba! —respondió sin rodeos—. Pensé que había dicho que no estaría en casa, así que vine a revisar ¿Se encuentra bien?
—¡Oh! ¿Eso? Es solo que… —El Profesor buscó la forma de explicarle.
Elisa sabía que él era un eidólogo. Confiaba en ella más que en cualquier otro miembro de la guardia, llevaban compartiendo una amistad desde hace mucho tiempo antes de que entrara. Pero su nueva posición le hacía sentir que necesitaba tener más cuidado ahora alrededor de ella.El Profesor sintió el peso de los brazos de Hesse sobre sus hombros y su cabeza asomándose sobre el derecho.
—¡Hola! —Hesse levantó su mano en saludo hacía Elisa.
El Profesor se quedó helado, volteando nerviosamente a su hombro. Pero ella no se inmutó por la presencia de Hesse, ni siquiera volteó a verle.
—¿Sí? ¿Solo que qué?
Hesse se acercó al oído del Profesor, diciendo:
—No estoy aquí.
El Profesor volvió a ver a Elisa.
—Es solo que quedé estresado del viaje, tuve que regresar antes de tiempo. No fue sensato, lamento la confusión.
—¡Que mal! Creí que justó había salido para tranquilizarse ¿No?
—Algo así, sí.
—Bueno, si va a desahogarse… —Le señaló con el dedo—. ¡Hágalo en silencio! ¡O tendré que levantarle una multa por perturbar la paz!
—Elisa, eso no es… —El Profesor pareció rendirse a la mitad de la frase detectando la broma—. Ok, guardaré más silencio.
—¡Mi misión ha sido cumplida aquí! —Elisa levantó el pulgar y tras eso, el tono de su voz pasó a uno más personal—. Me alegro de que se encuentre bien. Me preocupé un poco. Más con todo el tema de la carta.
—Si, la carta. —Otro de los resultados de su arrebato emocional—. De casualidad no lo habrás…
—No se preocupe Profesor ¡Lo envié de inmediato!
Hesse, aun con sus brazos en los hombros del Profesor, pudo ver sus puños cerrarse. No por ira, si no por arrepentimiento.
—Está bien, gracias, Elisa.
—¡Para servir, Profesor! —y con saludo marcial, Elisa se retiró.El Profesor cerró la puerta y se dio una media vuelta, quedando frente a frente con Hesse, rodeándole el cuello con sus brazos.
—No te pudo ver.
—Estoy acostumbrado. —Tanto al parecer que ese hecho no le quitó la sonrisa del rostro. No todos eran capaces de ver a los eidolos. Algunos eran capaces de verlos como alimañas, otros solo como sombras y unos otros eran incapaces de sentirlos. Incluso entre los eidólogos, el poder observar toda clase de eidolos era una habilidad que debía entrenarse e incluso con eso, la disposición de tanto la persona como el eidolo importaba mucho.
Hesse era real, pero era más real para él Profesor que para el resto de las personas.
—¿Por qué viniste?
Hesse levantó una libreta entre los dos.
—Olvidaste esto —dijo, dándole un golpetillo en la cabeza con él.El Profesor inmediatamente tocó sus bolsillos. Era cierto, había totalmente olvidado su libreta. Sintió una gran desesperación ante esto, su libreta era una de sus posesiones más importantes, era el lugar donde sus recuerdos podían perdurar.
—¡Oh por todos los cielos! —El Profesor tomó la libreta entre sus manos, bañado en un gran alivio, mientras Hesse caminaba hacia su habitación, marchando con los brazos en la espalda.
—Si, sabía que debía ser importante para ti.
—¡Esto es mi vida! Gracias ¡Gracias!
—Adelante, puedes repetirlo las veces que quieres.
—No sé cómo agradecerte esto.
—Yo sí. —El eidolo tomó una gordita de la canasta del Profesor y le dio una mordida.La emoción del Profesor perduró en su rostro, se dirigió a Hesse, recuperando su compostura.
—¿Qué necesitas?
Hesse siguió comiendo, algo que no parecía importarle al Profesor. Pero sus ansias eran grandes, y repitió.
—¿Qué es algo que un ser como tú podría pedir de alguien como yo?
La combinación de humildad y adulación alegraron el rostro de Hesse, quien se paró en la mesa de la ventana.
—Quiero morir.Una ráfaga de viento agitó las cortinas del Profesor y las plumas de las alas de Hesse, su halo imitó el anillo rodeando la luna detrás de él.
—¿Morir?
—Eso dije. —Hesse se cruzó de brazos.
—¿Por qué?
Hesse entendió la curiosidad del Profesor, y no se demoró en responder.
—Como el resto de los que ustedes llaman eidolos, aparecí en este mundo con un vago instinto dentro de mí. Los he estado observando desde el principio del primer parpadeo. Incontables veces he visto los ecos de su comportamiento, los ciclos que les hizo terminar con su mundo. Ustedes han fabricado este infierno en el cual es imposible vivir en paz. —Se sentó en la mesa, cruzándose de brazos—. Me cansé de este mundo, así que quiero irme de aquí.
Los ojos de Hesse estaban fríamente clavados en el Profesor.
—Tú clamas estudiar a los eidolos.
—Sí eso es lo que hago.
Hesse se señaló el pecho con la misma mano.
—¿Qué puede hacerme daño? —Le preguntó al Profesor.
—Buena pregunta. —No pudo el Profesor evitar decir—. Se ha observado que pueden ser dañados físicamente —dijo el Profesor moviendo sus manos en un ademán—. Pero esto realmente no les puede llegar a matar. Son prácticamente indestructibles.
Hesse asintió.
—He intentado de todo para abandonar este mundo. Y en todos estos intentos, he fallado. Así como me es imposible vivir en paz, me es imposible morir en paz. Es una vida que se siente como muerte.Moviendo la cabeza, el Profesor estuvo por decir algo, pero se arrepintió.
—Salvé tu vida —dijo Hesse—. Ahora tienes que ayudarme a acabar con la mía. —Su rostro juguetón estaba lleno de seriedad en ese momento —. ¿Saben cómo es que morimos?
El Profesor tocó su mentón, agachando un poco su cabeza.
—Sabemos que son prácticamente inmortales hasta que cumplen algún tipo de "objetivo” o “voluntad”. Pero, hasta ahora hemos supuesto que los eidolos tenían un instinto que los impulsa a cumplir dicha voluntad. —Soltando su mentón, le señaló—. Pensé que tú siendo un eidolo sabrías que es lo que tienes que hacer para dejar de existir en este mundo.
—Ya veo… —Hesse hizo una mueca, ladeando su cabeza—. No sabes, entonces.
—Lamentablemente, carezco de ese conocimiento, investigar a los eidolos es una tarea complicada, y no hay muchos eidólogos.
En su pueblo solo era él, en el asentamiento más cercano solo conocía dos, de los cuales uno no quería hablarle y la otra había emprendido un viaje del cual nunca regresó.Hesse se mofó de este hecho dejando salir un suspiro desalentado.
—No puedes ayudarme entonces. —Musitó con clara decepción—. Me lo imaginaba, era esperar mucho de un simple humano. —Se dio la vuelta, levantando sus alas para saltar por la ventana—. Me iré entonces, supongo.
—¡Espera! —El Profesor exclamó con el corazón en la mano, estirando su brazo como si pudiera alcanzarle—. ¡Puedo encontrar la forma!
Hesse giró un poco la cabeza, viéndolo de reojo.
—Puede que tome algo de tiempo, pero debe haber una forma. El hecho de que puedes hablar aceleraría mucho mi investigación, la cual ahora será totalmente enfocada en encontrar tu mortalidad. Lo prometo.
Una imperceptible sonrisa se dibujó en el rostro de Hesse.
—Que así sea entonces, tomaré tu promesa —le observó complacido con esta respuesta—. Desde hoy, buscarás cómo matarme. Tienes toda tu vida para descubrirlo, no pienso irme de aquí hasta que lo hagas.Con emoción, el Profesor fue por una libreta en blanco para empezar el marco de su nuevo proyecto. En el camino, sacó los libros más pertinentes que tenía en su librero, acomodándolos en su escritorio, olvidando por completo el hambre que tenía.Hesse observó la habitación del Profesor con mayor detenimiento, los insectos montados, los mapas y los artículos de medición. Todo le parecía medianamente interesante, hasta que observó sus cortinas.
—Que feas cortinas tienes, ¿En qué estabas pensando cuando las conseguiste?
—Es una larga historia. Pienso cambiarlas —dijo el Profesor, anotando las referencias que planeaba usar.
—Sí, deberías.
—¿Por qué? ¿Por el color?
—No, no solo el color, tienen algo más. —Hesse se sentó en una de las sillas de la mesa frente a la ventana—, olvídalo, será cosa mía.
—Prosigue, insisto. —El Profesor detuvo su escritura—. Me interesaría saber... —Pero cuando volteó a verle, Hesse ya no se encontraba ahí.
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